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Los hijos y ustedes: ¿cómo hacer para desarrollar la inteligencia juntos?

Mi propuesta es muy sencilla: mientras se hacen las compras, los arreglos, mientras se lava la ropa o se cocina, mientras estamos metidos en medio de esa realidad tan compleja que es la vida del hogar, aprovechemos esas tareas, esas horas, para hacer que nuestros hijos sean más inteligentes.

Ustedes están acostumbrados a pensar que un niño se hace más inteligente sentado, cuando escribe o estudia, y eso los llevará a preguntar: -¿Qué tienen que ver los mandados, la cocina, el ropero, con aprender a resolver "problemas", a sacar menos faltas en los dictados, a leer más rápido, a saberse las lecciones?

Yo les contesto: -¿Y qué tienen que ver los dictados, las fechas históricas, los ríos de Europa con que el niño sea capaz de descubrir y comprender el mundo que lo rodea para poder actuar en él; el mundo real y no el de las túnicas y los cuadernos?

A esa capacidad que se va construyendo, llamamos hoy inteligencia.

Es en la realidad, en la vida en el hogar, en el barrio, en la playa o el río donde se motivará y se aplicará; depende entonces de nuestra propia inteligencia abrir las puertas de ese mundo atractivo y sorprendente en el que le toca vivir a los niños. Mejor aún si vamos juntos abriéndonos a nuevos conocimientos en los que a veces nos adelantamos nosotros y en otras ocasiones nuestros hijos nos enseñan.

En la lista de tareas figura (¡ cuando no!) traer comestibles del almacén. Pero la ida de hoy no va a ser el nuevo cumplimiento de una rutina: hoy no iremos al almacén ése donde parece que no vemos, no olemos, no oímos porque se fue cerrando a nuestros sentidos cada vez que entramos en él, como si ese rato fuese un paréntesis en nuestra vida.

Por el contrario, hoy entraremos con nuestro hijo al maravilloso mundo del almacén.

Los avisos en la puerta nos avisan de las ofertas semanales. Las leemos, intercambiamos ideas acerca de su interés.

Cuando entramos, sentimos que la mercadería atiborrada se nos viene arriba, se nos confunde toda.

Hay algunos clientes que llegaron antes que nosotros. Tenemos tiempo de mirar... y nos damos cuenta de que en ese aparente desorden vamos reconociendo zonas donde se encuentra una clase y no otra de mercadería: los artículos de limpieza están todos juntos, y separados de los comestibles; los productos que rápidamente se descomponen están juntos, encerrados en el refrigerador; hacia un lado una gran montaña de enlatados, hacia otro los casilleros de bebidas.

Allá están los aceites: hay de distintas marcas, de distinto envase y también de distintos componentes. Los anuncios señalan: aceite de maní, de soja, de girasol. ¿Habrá aceite de maíz? ¿De trigo?

Los hijos y ustedes: ¿cómo hacer para desarrollar la inteligencia juntos? II

La vitrina de los fiambres muestra una variedad de productos. ¿A cuántos de ellos reconocemos? ¿Cuáles son las diferencias entre unos fiambres y otros? Miramos al empleado que atiende un pedido de fiambrería: ¿cómo sabrá el peso de lo que lleva cortado? La mirada va hacia la balanza, que nos sorprende con sus números iluminados. ¿Por qué en la feria usarán balanzas de otro tipo? ¿La que hay en la escuela, la que hay en la farmacia, en qué se parecen a éstas? ¿Son todas balanzas? ¿Cuál será la más antigua? ¿Y la más moderna?. Tan comprenetrados estamos en nuestras observaciones que llega nuestro turno de comprar sin darnos cuenta.

Pedimos azúcar y al momento está en el mostrador. Pedimos una lamparilla eléctrica y tienen que ir al fondo a buscarla. ¿Pondrán la mercadería en cualquier lugar o hay una disposición que recién empezamos a reconocer?.

Le pedimos harina. El almacenero pregunta: Harina ¿de qué?.

Miramos el estante de las harinas: van del blanco purísimo al amarillo subido. ¿De dónde salen?, ¿cómo se fabrican? queda pensando mi hijo.

Y yo, ¡qué ganas de contarle cómo se despachaba la harina(y la yerba y el arroz...) cuando el almacenero iba con la cuchara grande de lata, volcando el cereal sobre el papel de astraza colocado en uno de los platillos de la balanza hasta alcanzar el peso pedido! Y después, ¡qué destreza para envolver la harina con aquellas vueltitas en los extremos del papel sin que se volcara nada! ¡Cómo se demoraba en todo! ¡Cuánto tiempo se perdía! ¿O se ganaba?

Le doy el dinero a mi hijo para que pague y reciba el vuelto. Nos repartimos las bolsas y volvemos charlando. ¿Sabrá mi hijo el camino que recorre cada mercadería hasta llegar a casa? Desde los departamentos del litoral, la harina; desde la región del este, el arroz; desde Colonia, los quesos y dulces; desde Florida o San José los productos lácteos; desde el norte, el azúcar; desde Salto, los jugos cítricos...

¿Sabrá mi hijo el camino que recorrió ese café que huele tanto, antes de llegar al almacén? ¿Y el té? Es notable que para que el almacén tenga la mercadería que nosotros precisamos, miles de personas trabajen en lugares alejadísimos. Pero para que esa mercadería llegue al almacén tiene que haber camiones y carreteras, o barcos y puertos y gente que construya camiones y carreteras y barcos.

Este almacén de nuestro barrio es entonces un punto de confluencia de plantaciones, de fábricas, de transportes de todo el mundo. ¿Podemos verlo así? ¿Puede nuestro hijo verlo así? ¿Podemos ver que junto con los demás almacenes, con las panaderías, con las carnicerías, las fábricas de pastas, integra una red muy importante, la que abastece de alimentos a la población?

Los hijos y ustedes: ¿cómo hacer para desarrollar la inteligencia juntos? III

Si agregamos a esos comercios las farmacias, las tiendas, las ferreterías, las barracas, ¿de qué sistema estamos hablando?

Vamos a pensar en otros sistemas: el de transportes, por ejemplo. ¿Quiénes lo forman? ¿Cuál es su finalidad? ¿Qué seres están integrados a él? ¿Tiene su propio lenguaje? ¿Tiene relación con el sistema de abastecimientos?

Tendremos miles de ocasiones de volver juntos al almacén. Un día vamos a mirar con atención, no las mercaderías sino los seres humanos del almacén: a primera vista el almacenero, los dependientes, los clientes. Pero si observamos mejor aparecen los corredores, los repartidores, los inspectores, los que entran a preguntar algo... Cada uno con sus ocupaciones y sus preocupaciones, con su modo de ser, con su lenguaje, con sus costumbres; los hay muy amables, tranquilos, dicharacheros, tímidos, antipáticos, apurados, indiferentes. ¿Predomina algún sexo entre los clientes? ¿Entre los trabajadores del almacén? ¿Predomina alguna edad?

¿A qué hora se levanta el almacenero? ¿Cuántas horas por día trabaja? ¿Cuándo descansa? ¿Le gusta su trabajo? ¿Desde cuándo es almacenero? ¿Es uruguayo? ¿Tiene algún proyecto vinculado al almacén?

Intentamos que el niño entre a conocer el mundo de los otros, pueda llegar a ponerse en el lugar de los demás para empezar a conocerse a sí mismo: ¿me gustaría ocupar esa función?

¿Por qué no hacen "vidrieras" como otros comercios?

¿Cuáles son los cambios más importantes que han tenido los almacenes en los últimos años? ¿Qué era la "libreta"?

¿Qué mercaderías han dejado de venderse, porque se consumen cada vez menos?

¿Cuáles son las mercaderías que han salido hace poco tiempo a la venta?

¿Los almacenes de otros lugares (del país o del mundo)

son parecidos a los de nuestra ciudad?

¿Cómo serán los almacenes del futuro?

Los hijos y ustedes: ¿cómo hacer para desarrollar la inteligencia juntos? IV

En resumen, ¿qué hemos propuesto?

A partir de una situación real que vivimos cotidianamente, hemos ayudado a nuestro hijo a que observe mejor, a que relacione unos hechos con otros, a formularse preguntas.

Estos son los modos básicos, las llaves de la inteligencia: observar, relacionar, interrogar.

Seguramente ya tomaron conciencia de que ningún padre puede enseñar a su hijo a observar, a relacionar, a interrogar, si él mismo no se vuelve una persona que observa, que relaciona, que indaga. De modo que acá cambiamos el título del sitio. A partir de ahora será: ¿cómo hacer para que nuestros hijos y nosotros seamos más inteligentes?

Para culminar este primer encuentro propongo un "deber", como en la escuela: hagamos la experiencia de la visita al mundo sorprendente del almacén. Si encuentran que fue positiva, nos encontramos nuevamente.

El primer modo de aprender: Observar

El niño aprende fundamentalmente por sus acciones en la realidad. Si queremos que él se apropie de lo que los seres humanos han atesorado en su cultura, que sepa mucho de lo que se enseña en los sitios y en la escuela, pero queremos sobre todo que el niño se haga cada vez más inteligente, tenemos que lograr que tome conciencia de los efectos de sus acciones sobre lo que lo rodea, que no pase por aquí y por allá sin fijarse, que ponga atención en lo que sucede en los lugares, en los momentos del día, en la gente, en los árboles, en lo que se repite una y otra vez de un modo similar, en lo que va cambiando y cómo va cambiando, en una palabra, tenemos que conseguir que nuestro hijo sea un niño observador.

Sus ojos, sus oídos, sus manos, su nariz, su lengua, toda su piel, le permiten tender puentes a su alrededor. Quienes pierden alguno de los sentidos se dan cuenta de cómo eso los aisla, les dificulta comprender profundamente lo que pasa a su lado. El niño que ve bien, que oye, que huele, tiene que aprender a actuar usando esos recursos formidables para no quedarse prácticamente encerrado en un pequeño mundo conocido y rutinario.

El primer modo de aprender: Observar II

Hellen Keller fue una mujer norteamericana ciega y sorda desde los diecinueve meses.

Con un esfuerzo sin límites de ella y de sus amigos logrp ingresar al mundo de la cultura: llegó a hablar, a escribir, a dictar conferencias, a convertir su vida en un gozo para ella y para los que la rodeaban.

En una de sus intervenciones más emotivas, ella cuenta:

"Hace poco me visitó una amiga que acababa de regresar de un largo paseo por los bosques. Le pregunté qué había observado. -Nada en particular- me respondió.

Yo no le hubiera creído si no estuviera acostumbrada a tales respuestas; hace tiempo me convencí de que los videntes ven poco.

¿Cómo es posible, me pregunto, caminar una hora entre los árboles y no ver nada digno de nota?

Yo, que no puedo ver, encuentro cientos de cosas que me interesan, a través del simple tacto. Siento la delicada simetría de una hoja. Paso mis manos por la suave piel de un álamo o la áspera corteza de un tronco. En primavera, palpo las ramas de las plantas en busca de un pimpollo, el primer signo de la renaciente naturaleza. Percibo la aterciopelada textura de una flor, descubro sus notables ondulaciones y algo del milagro de la naturaleza me es revelado. En ocasiones, si tengo suerte, siento el feliz estremecimiento de un pájaro en pleno canto.

Disfruto al sentir el agua fresca de un arroyo corriendo a través de mis dedos abiertos.

El primer modo de aprender: Observar III

Para mí, el cambio de estaciones es un drama emocionante e inacabable, cuya acción transcurre a través de las yemas de mis dedos. A veces mi corazón estalla por ver todas esas cosas. Si yo puedo obtener tanto placer con mis manos, cuánta más belleza me sería revelada por mis ojos..."

Y entonces dice que le gustaría tener sus ojos sanos por tres días, tres días para ver.

Nuestros hijos tienen por delante años para ver: tratemos de que la realidad no pase por delante de ellos sin que noten su riqueza y variedad. Pero para conseguir niños observadores tendremos que serlo nosotros también. Así el niño descubrirá el placer de estar atento, la importancia dé andar con todos los sentidos alerta, abiertos a los infinitos colores, a la diversidad de las formas, a la diferencia de sonoridades, a los olores, a los gustos, al suave movimiento con que cae una hoja, a la expresión de los ojos de la abuela, a la fuerza de un obrero, a la habilidad de un artesano, a la velocidad de un vehículo.

¿Cómo ayudar a nuestros hijos a convertirse en observadores atentos? o mejor, ¿qué hacer para convertirnos junto con nuestros hijos en observadores atentos?

¿Dónde observar? ¿Cuándo? En todos lados y en todos los momentos: jugar al que ve más lejos, al que oye sonidos más suaves, al que descubre seres más pequeños. En la cocina y en el fondo de casa, en la feria y en la tienda, en el parque y en el programa de televisión, en la cancha de fútbol y en el plato de comida: observar siempre.

El primer modo de aprender: Observar IV

¿Cómo observar? El adulto es a menudo un espectador pasivo que registra de lo que pasa a su alrededor sólo lo muy importante, lo que más incide en sus propias tareas. Por suerte el niño no es así: naturalmente es un observador activo, que toca, que aprieta, que cambia la forma o el estado de las cosas. La acción es la primera forma de observación del niño y nuestra obligación es facilitarla, promover cualquier experiencia que no entrañe peligros graves.

El chico toma conciencia del efecto de sus acciones sobre los objetos o seres, y esto le impulsará a repetirlas o lo obligará a cambiar sus actos.

Aquí apareció el segundo ingrediente de la observación: tomar conciencia, fijarse, poner atención en los resultados de lo que se hace: echa azúcar en la leche y revuelve, echa hojitas de té en la leche y revuelve, echa migas de pan y revuelve: ¿qué pasa en cada caso? Si está jugando con un cachorro lo corre, le rasca el lomo, lo rezonga, se hace el indiferente. ¿El perro reacciona del mismo modo cuando se repite el acto? Si está clavando, ¿el clavo entra con la misma facilidad en unas maderas y en otras?

Poner atención puede significar concentrarla sobre un objeto (es el caso del médico que ausculta o del niño que traza sus primeras letras), pero también puede significar observar a la vez distintas señales de diferente orígenes (el caso de un buen jugador de fútbol o de un niño que aprende a andar en bicicleta solo). Debemos fomentar en nuestros hijos (y en nosotros, por supuesto) ambas formas de atención: ¿te fijaste en...? ¿oíste...? ¿sentiste qué aroma? ¿subieron los precios? ¿qué pasaba allá? ¿qué estaban haciendo los...? ¿qué decían en...?

¿Somos capaces de registrar veinte o treinta informaciones desde una esquina? Si es así, la exigencia tiene que ser de más observaciones y de observaciones más finas. Como es imposible atender todo, hay que enseñarle al niño a reconocer lo que más importa al caso, enseñarle a filtrar imágenes, eligiendo de lo que se nos presenta aquello que vale la pena recordar.

El primer modo de aprender: Observar V

Pasamos a un tercer elemento de la observación: memo-rizar. La memoria inteligente no es la repetición mecánica de palabras incomprensibles, sino la que nos permite evocar aquello que se debía recordar.

Si salimos, saber dónde pusimos la llave de casa es un ejemplo de recuerdo necesario. Por eso ponemos cuidado en grabarnos ese acto. Pero si cuando la vamos a buscar en el lugar habitual no la encontramos, comienza el trabajo de evocar, de rehacer mentalmente los momentos en que la tuvimos en las manos o la vimos por última vez y de reconstruir esos episodios: qué estábamos haciendo, qué teníamos en las manos, que ropa llevábamos, con quién estábamos.

Resumimos: para observar activamente el niño necesita hacer, atender, memorizar. Agregamos otro elemento: comunicarse. Cuando asistimos con otro a un hecho, la comunicación enriquece la observación. Por eso es importante hablar con los niños para que capten nuestras expresiones y emitan las suyas y tomar también las palabras como motivos de observación: hay palabras que muestran en sí mismas su significado, como pocilio, ternero, sombrero, puerto, descubrir, bolsillo, tablado, etc.; hay palabras que quieren decir lo mismo que otras o algo muy parecido: lindo, bonito; astro, estrella; ruidoso, sonoro; etc. Hay palabras que expresan conceptos opuestos como liso y áspero; fuerte y débil; pasajero y duradero (y acá vemos qué llena de significado está la palabra pasajero), etc.; hay palabras que engloban objetos de distintas clases: mueble sirve para mesa, ropero, sillón, etc., herramienta sirve para martillo, tenaza, serrucho...

Las palabras nos sirven para ajustar nuestro pensamiento e inclusive para reconocer los distintos puntos de vista con que puede percibirse la misma situación: ¿cómo ve los objetos un jugador de basquetbol que mide más de dos metros?, ¿cómo los ve una anciana chiquitita?; ¿cómo ve una fiesta el que cumple años?, ¿y un invitado?, ¿cómo ve un accidente el automoviüsta, el peatón atropellado, el policía, el médico?, ¿cómo ven un partido de fútbol los aficionados a un cuadro o al otro?, ¿cómo vieron la batalla de Las Piedras los artiguistas?, ¿y los españoles?

Dijimos que el primer modo de aprender es observar. Porque observar nos permite describir un hecho o una situación, y describir objetivamente es el cimiento del conocimiento verdadero.

Se razona cuando se relaciona

A través de la atenta observación, nuestros hijos y nosotros llegamos a conocer los distintos lugares que frecuentamos y los seres y objetos que allí encontramos.

Pero podemos subir un escalón más alto desde el que interpretar mejor ese mundo, comprenderlo.

Tal como está formada la palabra comprender, parece encerrar el concepto de prender juntas algunas cosas, combinar lo que se aprende. Para comprender un hecho tenemos que unir en el pensamiento lo que observamos por separado, o, dicho de otra manera, tenemos que encontrar las relaciones entre las distintas partes o momentos de lo que se ha visto.

Al establecer una relación, se forma imaginariamente un triángulo, cuyos vértices son la persona y los dos elementos que observa. La relación no es algo que esté originariamente en ninguno de los objetos: el individuo la construye a partir de la observación de ellos.

Al construir una relación, la persona aprende más de cada objeto, pero sobre todo va consolidando su capacidad de establecer vínculos, modo de operar mental que continuará empleando cada vez con mayor eficacia.

Muchas son las formas posibles de relacionar: la que analizaremos primero es comparar. Al comparar objetos o sucesos podemos encontrar que ellos se asemejan o se diferencian.

Los que tienen características comunes (personas que nacieron en el mismo mes, animales que tienen el mismo número de patas, monedas que tienen el mismo valor, sitios que tratan el mismo tema, etc.), se agrupan en clases equivalentes. Esta forma de comparar es la que llamamos CLASIFICAR. Cuando clasificamos (por edad, por color, por forma, por equipo, etc.), agrupamos todos los objetos que tienen la misma propiedad. Clasifica el científico cuando establece clases zoológicas, clasifica el periodista cuando agrupa las noticias para el diario, el comerciante cuando separa las mercaderías en estantes, etc. También clasifica la mamá en el aparador de la cocina cuando distribuye platos en un lugar, tazas en otro, manteles en un tercero. Y también el niño prolijo clasifica en su habitación lo que emplea: ropas, útiles escolares, juguetes, etc.

La clasificación es una herramienta que se emplea permanentemente para comprender la realidad. Debemos estimular al niño para que encuentre similitudes y agrupe manual o mentalmente los objetos de la misma clase.

Se razona cuando se relaciona II

Un criterio totalmente distinto es el que se sigue al ORDENAR. En la vida diaria empleamos la palabra ordenar con el sentido de acomodar. Acá la empleamos en el de "disponer los objetos según va aumentando o disminuyendo una cualidad". Formar una fila por orden de altura, buscar un número de puerta en una calle, consultar la guía telefónica, son ejemplos de actividades en que se ordena, al atender a las diferencias entre un objeto y otro. Pensemos que nos han regalado un hermoso diccionario. Descubrimos primero un criterio de clasificación: entre la página....y la página... se estudian palabras que empiezan con F. Pero no están amontonadas de cualquier manera sino siguiendo una secuencia tal que es necesario conocer el orden alfabético para encontrar rápidamente cualquier ejemplo.

Ordenar números significa ponerlos de menor a mayor o de mayor a menor. Del mismo modo podemos ordenar recipientes por su capacidad, casas por su altura, animales por su velocidad, bicicletas por su precio, niños por su edad, etc.

Se razona cuando se relaciona III

Hemos estudiado un primer modo de relacionar dos o más objetos: el de compararlos para descubrir si puedo establecer entre ellos semejanzas o diferencias.

Una segunda forma de relacionar es ubicar en el ESPACIO y el TIEMPO. Para ubicar un objeto en el espacio disponemos de tres ejes: Arriba-Abajo; Delante-Detrás; Derecha-Izquierda. Un objeto se puede ubicar en tanto exista otro que sirva de referencia, el pocilio se coloca arriba del plato, el abanderado va delante de sus compañeros, el sol se esconde a la derecha del cerro, etc. Pero éstos no son los únicos conceptos espaciales que el niño debe manejar: otros son Dentro-Fuera, Cerca-Lejos, etc.

Importa que el niño encuentre las razones que determinan la ubicación de los objetos en la vida real: en la panadería, qué se exhibe delante y qué se coloca detrás del mostrador; en el ropero, qué se guarda a la altura de los habitantes de la casa y qué se pone arriba de todo.

Para ubicar un suceso en el tiempo, nos basamos inicial-mente en la línea Pasado-Presente-Futuro o, si se quiere, en el Ayer-Hoy-Mañana.

Si frente a un suceso buscamos qué hechos ocurrieron antes que él, qué hechos ocurrieron a la vez que él, y qué hechos ocurrieron después que él, veremos que ningún relato de sucesos muestra una línea única, sino una trama de hechos, con una cantidad de acontecimientos simultáneos. Cuanto más rica es esa trama, mejor se entiende cada uno de los acontecimientos.

Todo lo que nos rodea tiene su historia. La historia que mejor puede comprender el niño al comienzo es la de sí mismo: ¿puede recordar los acontecimientos más importantes que le han sucedido? (viajes, regalos, enfermedades que tuvo, nacimiento de hermanos, fiestas de cumpleaños, mudanzas, inscripciones en el Jardín o en la escuela). ¿Puede ordenar esos hechos por su importancia y en el tiempo? ¿Puede captar que a la vez que ellos, sucedían otros hechos en la casa vecina, en lo de los abuelos, en otros lugares?

Cada objeto a su alrededor tiene historia: la cocina, la lavadora, los juguetes, el televisor, la radio, los deportes, los vehículos, los relojes.

Pero importa descubrir qué hechos fueron simultáneos con otros: la abuela escuchaba las comedias en la radio mientras calentaba en el "primus" el agua para el mate, el abuelo iba en tranvía al estadio (que entonces era más chico) y al entrar compraba una botella de limonada.

Y en esos mismos momentos, ¿qué sucedía en otros lugares del mundo? ¿Cuáles eran los hechos políticos, científicos, econóinicos, artísticos más importantes de la época?

Los grandes atletas que veía el abuelo, muchos de los cuales llegaron a ser campeones mundiales, jugaron siempre en clubes uruguayos, a diferencia de los actuales cracks, que culminan sus trayectorias en Europa. Si averiguamos qué estaba pasando en ese momento en el viejo continente, comprenderemos la imposibilidad de que fueran a jugar allí.

Se razona cuando se relaciona IV

Hemos hablado de comparar y de ubicar. Otra forma de establecer relaciones es estructurar, captar la estructura de los objetos, conocer sus componentes, su finalidad, sus reglas de funcionamiento, su vinculación con otros objetos o con distintos procesos.

Si entramos a la fábrica de pastas frescas del barrio apreciamos rápidamente las máquinas, las estanterías, las materias primas que se emplean, las personas que allí trabajan. Las máquinas son distintas entre sí y entre ellas se complementan; los trabajadores cumplen diversas actividades (el que fabrica, el que envasa, el que vende, el que cobra, el que reparte) complementarias entre sí, y complementarias además del trabajo de las máquinas. En esos roles los trabajadores pueden intercambiarse e inclusive suplir el trabajo de alguna máquina para que el objetivo final se cumpla: la producción de pastas frescas para la venta.

Ese mundo complejo, reglamentado puede ser considerado un sistema o una estructura porque es una totalidad que se autorregula, que se ajusta a sí misma para obtener sus propósitos.

Pero podemos descubrir que esta estructura tiene vínculos con otras estructuras o sistemas: con la producción de trigo, con la industria harinera, con el sistema de transporte, con la fábrica de papel y cartón, con la fábrica de bolsas, con el sistema financiero.

Si esta visión estructuradora la aplicamos a un objeto (una silla, una bicicleta, etc.), a nuestro organismo (el aparato digestivo, el esqueleto, el sistema nervioso,etc), a una construcción (un edificio, un puente, etc.), a una institución (un hospital, una escuela, etc.), a un juego (un partido de fútbol, una partida de ajedrez, etc.), a la naturaleza (un árbol, una laguna, etc.), a una creación artística (una novela policial, una película, etc.), a un servicio (el correo, los bomberos, el transporte, etc.), comprenderemos mejor cada caso porque desentrañaremos las relaciones internas de sus elementos integrantes y descubriremos las relaciones externas con otros elementos.

Se razona cuando se relaciona V

Ninguna relación está en sí en el objeto; las relaciones no se perciben con los sentidos, tenemos que elaborarlas mentalmente. Los sentidos nos aportan los datos pero es nuestra reflexión la que compara esos datos, es nuestra mente la que ubica un hecho en relación con otro, es nuestro pensamiento el que construye las redes o tramas del sistema de vínculos.

Si al observar estamos "leyendo" la realidad, al hacer conscientes las relaciones hacemos una "relectura" de lo que observamos, volvemos a mirar los objetos o acontecimientos para encontrar los lazos entre sus partes, para captar la trama de la red.

Comprendemos mejor en tanto entramamos, estructuramos. Pero la ganancia en inteligencia es doble, porque a la vez que conocemos mejor el medio porque lo apreciamos con una visión estructurada, nuestra mente afirma su capacidad de estructurar.

Por eso hablamos de que, si enseñamos al niño a relacionar de este modo los hechos (comparándolos, ubicándolos, estructurándolos), él irá sabiendo más de la realidad y a la vez irá construyendo con pasos de gigante su inteligencia.

Un modo complejo de aprender: explorar

Ya hemos planteado la importancia de que el niño observe atentamente el mundo que lo rodea, que observe cuidadosamente a los demás seres y a él mismo.

Al observar, el niño busca informarse de la realidad tal como ella se presenta, sigue con atención sus cambios, pero con muy poca o ninguna intervención suya en ellos. Una buena observación permite describir la realidad tal como se muestra.

Al hablar de explorar nos situamos en un nivel distinto. Para explorar es necesario partir de una idea que nos hemos formado con respecto a algo que vimos que sucede reiteradamente, con cierto ritmo o regularidad, o bien exploramos a partir de una pregunta que nos formulamos por algo imprevisto que llama nuestra atención, por ser distinto a lo habitual, a lo esperado.

Ejemplos de preguntas que nos hacemos al reconocer la regularidad con que se cumple un hecho serían:

a) ¿A qué se debe que las cucharas de sopa tengan más o menos esa capacidad?

b) ¿Por qué se ponen cortinas en las ventanas?

c) ¿Para qué se abren ventanas en casi todas las habitaciones?

d) ¿Por qué las pinturas se secan cuando dejamos las latas destapadas?

e) ¿Por qué se plantan árboles en las veredas de las ciudades?

f) ¿Por qué los automóviles miden entre 4 y 5 metros de largo?

g) ¿Por qué los partidos de fútbol se juegan en 2 tiempos de 45 minutos y los de basquetbol duran menos de la mitad?

h) ¿Por qué en algunos deportes se juega un tiempo determinado (fútbol, basquetbol, etc.) y en otros se juega hasta llegar a una cantidad de goles o de puntos sin importar el tiempo de juego (voleybol, tenis, bochas, etc.)?

Un modo complejo de aprender: explorar II

Ejemplos de preguntas que nos formulamos cuando se rompe una norma, cuando sucede un hecho inusual, serían:

a) ¿Por qué esa ambulancia iría con la sirena apagada?

b) ¿Por qué el almacén de la esquina estará cerrado ahora, de mañana?

c) ¿A qué se deberá que los ómnibus vayan hoy por una ruta distinta a la que recorren siempre?

d) ¿Por qué aquel niño con túnica escolar andará de noche por la calle?

Como el contacto que tiene el niño con la realidad es fundamentalmente a través de acciones, sucede que muchas veces algo que manipula le provoca preguntas acerca de cómo llegó a obtener casualmente un resultado. Ejemplos de estos casos serían:

a) ¿Para dónde van las burbujas que salen al soplar por una pajita en un vaso con agua? ¿Y si soplamos con más fuerza?

c) ¿Se puede preparar tés de distintos colores? ¿De qué depende el color de la infusión?

d) ¿Cuándo puedo dar un salto más largo? ¿Y si vengo corriendo de lejísimos, qué pasa?

En estos casos hablamos de exploración porque el niño, al encontrarse con determinados resultados intenta ver, a través de ensayos, si tenían que cumplirse determinadas condiciones para que aparecieran de nuevo las consecuencias buscadas.

En la exploración hay una toma de conciencia de que hay algo que no tenemos bien explicado, una pregunta donde se formula más o menos claramente la duda que tenemos.

Cuando nos formulamos esas preguntas, muchas veces imaginamos al mismo tiempo cuál puede ser la respuesta o la explicación a nuestra duda o inquietud inicial. El instrumento de que nos valemos para probar si es válida la conjetura o hipótesis que hicimos es la acción: en vez de limitarnos a observar lo que sucede, actuamos modificando intencionalmente las condiciones en el medio que estamos investigando.

Nuestra acción provoca una reacción en el medio. Explorar es observar este juego de acciones voluntarias y reacciones o cambios provocados por ellas. Como esas acciones las podemos graduar en intensidad, al explorar medimos las variaciones que van apareciendo: el juego exploratorio es manejar las condiciones para poder afirmar o rechazar la idea que nos habíamos formado acerca de cómo se llegaba a un resultado.

Un modo complejo de aprender: explorar III

Las dudas o inquietudes que nos llevan a explorar aparecen en todos los lugares: en la cocina de la casa y en el parque, en la calle y en los comercios, en la playa o en la fábrica, mirando el cielo o el tránsito. Lo importante es tener la actitud de quien se da cuenta de que hay cosas que no puede explicar, se formula preguntas e investiga.

Todos exploramos en nuestra casa en muchísimas ocasiones.

Pensemos en cuando nos avisan que la comida está desabrida y vamos echándole sal y probándola: estamos atendiendo la variación en la cantidad de sal y la variación simultánea en el gusto.

Pensemos en cuando atamos un paquete y probamos, levantándolo, si el hilo resiste el peso o hay que darle otra vuelta. En éstas y otras ocasiones observamos los cambios que nuestros actos voluntarios producen en la realidad.

Un modo complejo de aprender: explorar IV

Si estamos en el jardín las oportunidades de explorar aparecen permanentemente. Descubrimos un hormiguero y tratamos de combatirlo inundándolo con un balde de agua. Pero ¿qué pasa con el agua que echamos en la tierra?, ¿qué pasa con las hormigas en el barro?, ¿ qué pasa con las hormigas en el agua si es que logramos inundar el hormiguero?: ¿se ahogan, flotan, nadan, caminan sobre el agua?. Si estamos con nuestro hijos y algunos de sus amigos es posible que haya más de una hipótesis distinta. Nosotros tampoco sabemos con certeza, nos parece que..., debería pasar que... Entonces hay que investigar cuál será la reacción de las hormigas al encontrarse en un medio distinto: alli está el balde, el agua, las hormigas. Solo falta empezar a investigar.

Después que estudiamos el comportamiento de las hormigas, surgirá el interés en saber si los caracoles tienen la misma conducta en un medio acuático.

Fuera del agua, ¿cómo responden las hormigas y los caracoles a un golpe dado en el suelo cerca de ellos?, ¿a un ruido muy fuerte?, ¿a una luz muy fuerte?.

En los comercios, en los talleres o fábricas del barrio nos surgen muchísimas preguntas, dudas que no habíamos tenido hasta que conocimos más profundamente esos lugares, la gente que allí trabaja, los procesos de producción o comercialización, las máquinas que se emplean.

Un modo complejo de aprender: explorar V

Así, al conocer la panadería nos preguntaremos:

¿Por qué comienzan a trabajar de madrugada?

¿Por qué usan leña como combustible? ¿Por qué salen a la venta cada poco tiempo bizcochos o panes de clases nuevas?

¿Todas las panaderías fabrican la mercadería que venden? ¿A qué se debe eso?

Si tenemos que entrar a una carpintería intentaremos averiguar:

¿Por qué las diferentes clases de madera tienen distinto precio?

¿Durante cuánto tiempo tiene que estar estacionada la madera para que al confeccionar un mueble no se arquee?

Los troncos más pesados, ¿también flotan? Cuando vamos a comprar pastas frescas a la fábrica nos surgen dudas tales como:

¿A qué se debe que la población consuma pastas fundamentalmente los jueves y los domingos?

¿Por qué ahora en muy pocas casas se preparan pastas tales como los tallarines y se prefiere comprarlas ya preparadas?

¿La gente prefiere pastas frescas o envasadas? ¿Por qué?

Cada una de estas preguntas dará lugar a nuevas observaciones, a establecer relaciones con mayor exactitud, si se puede cuantificadas, a ensayar, a averiguar en los sitios, en las conversaciones con los demás.

¿Por qué nos interesa destacar la exploración como una forma de aprender que debemos estimular en el niño?

Un modo complejo de aprender: explorar VI

Porque el carácter indagador era una característica del hijo cuando era bien pequeño: estaba permanentemente probando y preguntando. Pero de aquellos continuos "¿Por qué...?" la mayor parte de los niños fue pasando a dejar de preguntar, al silencio pasivo.

Necesitamos que los niños vuelvan a preguntar y pregunten mucho. Quien pregunta está en pleno proceso de descubrimiento: ha captado una norma, una regularidad cuyo sentido final aún se le escapa, o ha advertido la consecuencia de una causa, pero esta causa no la tiene todavía suficientemente clara.

En una palabra, quien pregunta a los otros es porque ya se ha preguntado a sí mismo, es porque está averiguando si la respuesta de los demás coincide con la suya.

Debemos responder a cada pregunta que formule nuestro hijo con lo que sepamos, pero antes de darle nuestra respuesta tenemos que preguntarle su propia opinión: "¿y a tí, qué te parece?".

Después de que él hable, conociendo qué es lo que el niño piensa, nosotros le contestaremos con la mejor información que tengamos, de una manera sencilla y clara y abriremos el diálogo entre lo que él cree y lo que se sabe en ese momento, sin imponérselo sino tratando de que lo comprenda, lo reelabore él mismo con sus propias experiencias.

Debemos responder las preguntas de los niños, pero tanto como eso debemos mostrarles que nosotros, más que llenos de respuestas, estamos también llenos de preguntas, de dudas, de cosas que nos gustaría aprender. Será un juego el hacer más preguntas que el otro, preguntas más difíciles.